Por: José Antonio Sánchez
En Ecuador existe una enorme cantidad de portales digitales disfrazados de medios de comunicación. También perfiles en redes sociales: algunos con miles de seguidores, otros que no llegan ni a la docena. Pero todos cumplen la misma función: activarse cuando hay que apoyar o desacreditar a alguien, una opinión o una noticia.
La evidencia digital sugiere que los usan todos: el gobierno, la oposición, los acusados, los acusadores. Nadie se salva. En el medio lo sabemos. Los conocemos. No nos dejamos llevar por sus narrativas… pero igual las leemos. Porque están ahí, porque aparecen en tu timeline, porque gritan más fuerte que los hechos.
Son cracks para promover fakes. Son capos para descontextualizar un mensaje, un discurso o una declaración, editar un video, construir uno con IA oo usar discursos pasados como actuales . Toman una parte de la verdad y la convierten en posverdad.
Mientras tanto, los portales de verificación, como: Lupa Media y Ecuador Chequea, se ven sobrepasados. No por falta de ganas, sino porque el volumen es brutal. Y porque su foco debería estar en lo verdaderamente importante: las decisiones, discursos y declaraciones de las autoridades, no en apagar incendios provocados artificialmente todos los días.
Quizá por eso las autoridades los usan con tanta frecuencia.
Si hoy abres X, Facebook, TikTok o Instagram, tienes que nadar en medio de ese ruido. Invertir tiempo, energía y paciencia para entender qué parte es verdad, qué parte fue manipulada y qué parte se diseñó para afectar a alguien.
Nada de esto es gratuito. Quién sabe qué puerta tocar, con quién hablar, para dar con aquellos que, por algunos miles de dólares, son capaces de diseñar campañas de desprestigio o de defensa.
Entre colegas solemos decirlo sin rodeos: “Le soltaron los perros a tal persona” o “Los troles le tiraron a matar”.
Y ojo: los periodistas tampoco estamos libres. La vieja confiable siempre aparece: “Es correísta” “El gobierno le está pautando”. Nos dicen sicarios de tinta, vendidos, pautados, operadores, gobiernistas, opositores. Da igual el rótulo. El objetivo es uno solo: sembrar la duda sobre cualquier opinión, editorial o entrevista.
Pasa todo el tiempo. En una vía y en la otra. Solo por mencionar algunos nombres, y la lista es larga, les ha pasado a Carlos Rojas, Lenin Artieda, Andrés López, Fabricio Vela, Janeth Hinostroza, María Sol Borja, Milton Pérez Martín Pallares, Fausto Yépez, Jefferson Sanguña, Roberto Aguilar, Carlos Vera, Sara Ortiz, recientemente Eduardo Andino… y muchos más.
Así funcionan los troll centers y los troles financiados desde cualquier vereda, imponen agendas, desinforman y se convierten en herramientas de comunicación política.
Y en el camino vulneran algo más grave que una reputación, vulneran la verdad y el trabajo de los medios y periodistas que, como contrapeso del poder, fiscalizan los hechos que marcan al país todos los días.
Lo verdaderamente sorprendente es otra cosa, nadie controla, nadie hace nada.
No hay un esfuerzo serio por depurar las redes de tanto falso mensajero, de tanto portal al servicio de intereses políticos y económicos. El ruido sigue creciendo, la desinformación se normaliza y el debate público se empobrece.
Mientras tanto, el «Juego de los troles» sigue. Y todos, querámoslo o no, estamos obligados a jugar… o a aprender a no caer en la trampa, cosa que para el ciudadano común, aquel que quiere informarse de manera rápida, le queda bastante más complicado.