Cuando el siglo XXI dejó de ser espectador

Por: José Antonio Sánchez

Durante décadas nos acostumbramos a una idea, que las intervenciones militares de Estados Unidos en América Latina eran cosa del pasado, una especie de capítulos cerrados en los libros de historia. Fotografías en blanco y negro. Un siglo XX que ya no volvería.

Pero en enero de 2026, esa certeza se rompió. El ataque estadounidense en Venezuela no solo alteró el tablero político regional, marcó algo más profundo: el regreso de la intervención militar directa de Washington en América Latina, después de más de treinta años de silencio armado.

En 1954, Guatemala fue el primer escenario, luego vendrían Cuba en 1961, República Dominicana en 1965, Granada en 1983 y Panamá en 1989.
Cinco intervenciones en 75 años. Todas con un mismo argumento de fondo, seguridad, orden, estabilidad.

Panamá fue el último país que la historia recoje. La captura de Noriega cerró el siglo XX con una sensación clara, Estados Unidos ya no volvería a invadir América Latina.

El nuevo siglo parecía traer otros métodos: sanciones, bloqueos financieros, aislamiento diplomático, presión multilateral. Y así fue… hasta ahora.

Venezuela llevaba años en la mira. Sanciones económicas, acusaciones de narcotráfico, denuncias de fraude electoral, una crisis humanitaria que desbordó fronteras.
Durante años, la presión fue política. Luego económica, hasta que dejó de ser suficiente.

La madrugada del 3 de nero no tuvo el lenguaje de la Guerra Fría ni el discurso anticomunista de otras épocas.
El mensaje fue distinto: seguridad hemisférica, crimen transnacional, restauración institucional.
No se habló de ocupación. No se habló de reconstrucción. Se habló de una operación puntual. Quirúrgica. Definitiva.

La captura de Nicolás Maduro convirtió ese operativo en algo más que una acción militar. Lo transformó en un hecho histórico, la primera intervención armada de Estados Unidos en América Latina en el siglo XXI.

No es un dato menor, porque no solo rompe un paréntesis de más de tresdécadas.
También reabre una pregunta incómoda que la región creía superada:

¿Hasta dónde llega la soberanía cuando un Estado colapsa?
¿Y quién decide cuándo la diplomacia deja de ser suficiente?

Hoy, América Latina vuelve a mirarse en un espejo que creía guardado. Uno que recuerda que la historia no siempre avanza en línea recta. A veces, simplemente… regresa.

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